En la entrada anterior, pudimos comprobar que el tema de las tarifas siempre levanta pasiones y genera un debate muy animado. En ese sentido, creo que es interesante que hablemos sobre este tema, no solo en las reuniones de profesionales de la traducción (donde aparece de forma recurrente), sino de forma pública, en la Red, con el fin de que todos podamos beneficiarnos. Por un lado, los más novatos van a poder completar su visión del mercado con el trayecto de los más experimentados, mientras que estos últimos, que pueden pensar que no tienen nada que aprender, pueden adquirir nuevos puntos de vista o comprender mejor por qué tienen lugar determinadas prácticas en materia de tarifas entre los más novatos.
A pesar del interés de este debate, de que nos afecta a todos y de que va en beneficio de la comunidad de profesionales que contemos con la información más completa posible, a la hora de la verdad muy poca gente se pringa y da cifras concretas. Si buscamos en foros, blogs y similares, fuera de los encuentros cara a cara en los que las palabras se las lleva el viento, muy pocos se atreven a decir algo como “yo cobro tanto de media para tal combinación, mi tarifa más alta suele ser esta y mi tarifa más baja suele ser esta otra”. Hay varios motivos para que esto sea así. Algunos afirman que haciendo pública una tarifa media, limitamos nuestra capacidad de negociación de cara a futuros clientes. Por otro lado, también existe el miedo ante las reacciones de otros profesionales, que podrían pensar que cobramos una tarifa muy alta o muy baja (siendo esto último lo más habitual). Cuando esto sucede, como fue el caso en la entrada anterior, lo habitual es encontrar actitudes educadas, algunas constructivas, de forma que cada cual piensa lo que cree mejor sobre este tema. Sin embargo, también encontramos a algunos, pocos pero están ahí, que tienden a envenenar el debate. A esas personas son a las que llamo “inquisidores”.
Los inquisidores de las tarifas son aquellas personas que, cuando se encuentran a una persona que afirma que cobra menos de X,XX, sacan la escopeta y se ponen a disparar sin ton ni son, clamando a Cthulhu ante tal herejía. Normalmente se recurre a un argumentario de lugares comunes, tales como “esas tarifas son bajísimas”, “yo nunca cobraría eso”, “estás reventando el mercado”, “la profesión pierde prestigio”, etc. Estas personas no se paran a pensar ni en circunstancias personales ni tipos de proyectos o grados de dificultad (ni en el daño que hacen). Más allá de la frontera de X, es el momento de las hogueras.
No son las tarifas, son la rentabilidad
El verdadero problema de todo el debate de las tarifas es que estamos utilizando una unidad de medida equivocada para determinar si tenemos un nivel de ingresos adecuado para vivir de forma digna como traductor. Afirmar con voz autorizada que 0,05 € es una tarifa baja es como decir que 4 millones de parados es una barbaridad. Como todo, depende del contexto. 4 millones de parados es muchísimo en España, mientras que en Alemania es una cantidad razonable y en Estados Unidos algo ridículo. Del mismo modo, para afirmar que 0,05 € es una tarifa alta o baja tenemos que compararla con un marco adicional que nos permita realizar comparaciones. Cuántas horas voy a tardar en este proyecto. Cuántas palabras puedo hacer a la hora en esta especialidad. De esta forma, vamos a poder establecer comparaciones válidas de cara a nuestro bolsillo.
Un ejemplo rápido: una tarifa de 0,05 € para 1.000 palabras es interesante si se trata de la ayuda de una página Web con la que estamos familiarizados. Se trata de un texto sencillo, poca terminología y podemos sacar con tranquilidad 500 o 600 palabras a la hora. Frente a eso, 0,05 € para un ensayo clínico sobre miocardiopatías es algo ridículo, teniendo en cuenta que no vamos a poder hacer más de 200 palabras a la hora, de que la terminología es compleja y que el texto final tiene que enviarse impoluto y más libre de errores que nunca.
Dejemos por tanto de hablar de tarifas y comencemos a hablar de euros/hora y euros/palabras/hora. Así, vamos a poder plantear recomendaciones más interesantes a otros profesionales cuando nos pregunten sobre si una tarifa es adecuada y, del mismo modo, tendremos argumentos con los que defendernos frente a cierto tipo de ataques.
“Puedes negociar cuando tienes las espaldas cubiertas o el cliente te necesita: para todo lo demás, ajo y agua”.
Esta frase se la he cogido prestada a @ralogo70 de su Twitter, porque me parece que ilustra a la perfección la realidad de los profesionales novatos. Cuando los traductores con menos experiencia acceden al mercado, lo hacen en inferioridad de condiciones, porque:
- Tienen que hacerse un hueco en el mercado, consiguiendo experiencia poco a poco para acceder a más clientes, para a su vez tener un mayor margen de elección y de negociación que les permita conseguir rentabilidades más interesantes.
- Tienen que compatibilizar lo anterior con comer (porque tenemos la mala costumbre de disfrutar de desayuno, comida y cena a diario).
Compatibilizar estas dos situaciones es, como mínimo, complejo, y en la mayoría de casos lleva a que tengamos que aceptar tarifas y rentabilidades más bajas. Hay profesionales que claman contra esto y lo consideran como la mayor traición a la civilización occidental. Otros pensamos que, cuando se empieza, no queda otra que tragar con lo que hay. Si durante el primer año enviamos 1.000 CVs, puede que nos respondan 100 clientes, de los cuales 10 nos propongan pruebas y terminemos trabajando para 2 o 3 (puede parecer una exageración pero creedme, la tasa de “noes” el primer año es desoladora). Si a esos 3 les pedimos una tarifa media, en lugar de algo que se acerque más a nuestra experiencia y poder de negociación, lo más probable es que nunca abramos camino en el mercado de la traducción.
Mi consejo sobre esto y opinión personalísima: no os preocupéis y aceptad lo que podáis, siempre y cuando os permita, como mínimo, cubrir gastos y sacar algo de beneficio. No digo que trabajéis por 0,02 como indios o asiáticos. Con eso no se vive en España. Sin embargo, 0,04 puede ser aceptable durante un tiempo, por mucho que los inquisidores se os echen encima (cuando ellos mismos sean los primeros que, cuando no tienen más remedio, las aceptan). Todos queremos rentabilidades altísimas pero no es realista pensar que podemos conseguirlas desde el primer momento.
Un profesional experimentado puede revisar tu trabajo
Quienes hablan de tarifas en lugar de rentabilidades, defienden que una alternativa para los profesionales novatos es pedir lo mismo que sus compañeros con más experiencia, destinando parte de los beneficios a que un revisor con experiencia le eche un ojo a su trabajo antes de entregarlo al cliente. Es una solución interesante… pero no es realista. Supongamos que un traductor novato, en su primer año como autónomo, encuentra a un cliente que está dispuesto a pagarle 0,08 por una traducción inglés > español. ¿Por qué el cliente contrataría a un novato cuando el experimentado, que puede ofrecer un mejor servicio, trabaja por el mismo precio? Como podéis ver, es una idea bien intencionada, pero que no puede funcionar en el mercado.
El primer año toca economía de guerra
Otro de los puntos que surgieron en el debate de la semana pasada es el de la “economía de guerra” que los novatos tenemos que implementar. A menos que tengamos unos padres generosos, una abuela rica o una pareja con un sueldo abultado, las únicas inversiones que podemos plantear para nuestro negocio son aquellas que sean productivas a corto y medio plazo. Si empiezas, lo normal es que no tengas ingresos, de ahí que las inversiones a largo plazo no tengan tiempo. Inversiones no recomendables: asociaciones de traductores, páginas Web o asistir a congresos de pago. Inversiones recomendables: materiales de promoción de bajo coste (tarjetas, blogs, redes sociales, páginas Web en plataformas gratuitas) y formación (sólo cuando aporte una diferenciación clara o permita acceder a un mercado al que no se tiene acceso en la actualidad. En definitiva, los recursos durante el primer año son escasísimos, como en la guerra, de ahí que haya que invertirlos con mucho cuidado y sabiduría.
En definitiva
Si alguien piensa que continuo con este debate por el gusto de tener bronca, os aseguro que no es así. Lo que quiero es defender que, frente a cierta “línea de pensamiento oficial” sobre las tarifas, me gustaría dejar claro que hay otros puntos de vista que mantienen tanto novatos como profesionales experimentados, que pueden compartir algunas de las ideas que dejo hoy por aquí y que en muchas ocasiones no sacamos a la luz por tener la fiesta en paz.
Todos somos (mini)empresas y tenemos derecho a fijar nuestras tarifas de forma libre, sin que se nos critique por ello. Jugamos con el libre mercado y el precio es una variable más (algunos no quieren enterarse y siguen defendiendo conceptos medievales como gremios y colegios).
Todos somos (mini)empresas, aunque algunas más minis que otras y no todos tenemos acceso a las mismas opciones. Un traductor con 20 años de experiencia puede permitirse que no trabaja por menos de X. Ole. Me encanta que sea así y espero que todos lleguemos a ese punto en el que podamos cobrar mucho, tener rentabilidades altas y hacer muchos euros con poquitas palabras. Otros no somos tan afortunados de tener tanta experiencia y hemos accedido al mercado en uno momento difícil. No solo por la crisis, sino porque la industria de la traducción es cada vez más compleja: aprietan los clientes finales, aprietan los grandes LSP y aprietan las agencias, de forma que el margen se reduce cada vez más y hay que reinventarse ante tanta competitividad. En esa jungla, los novatos puede que lo tengamos más difícil que los novatos de hace veinte años.
Por último, ya para terminar, me gustaría que si este debate tiene que servir para algo es para perder la hispánica costumbre que tenemos de no hablar de dinero. Una de las pocas cosas que admiro de los estadounidenses es que puedan hablar sobre cuánto ganan y cuánto cobran sin ruborizarse. Sin duda, ser sinceros, no mentir al decir lo que cobramos y trabajar para que la información sobre tarifas sea la más exacta posible es un camino que sólo puede llevarnos a que todos podamos trabajar y ganar más para vivir mejor.
PS: Miento cuando digo que no se habla sobre tarifas:
- Tarifas: traducción y crisis | Blog de Leon Hunter
- Cinco estrategias para establecer tarifas | El taller del traductor
- Tarifas, tarifas, tarifas… en traducción | Algo más que traducir
- Hablemos de tarifas, no de “monkeys” ni de “peanuts” | Notas del traductor
- Seis verdades sobre tarifas que no se deben olvidar | El traductor en la sombra
Hoy me he encontrado en Twitter con esta infografía sobre el sector de la traducción gracias a Juan José Arevalillo. Es un documento muy interesante porque da una visión general bastante completa (y en mi opinión acertada) sobre esta industria. Sin embargo, si os fijáis en el dato que se muestra sobre tarifas, quizá os llame la atención. De hecho, probablemente os parezcan bastante elevadas para autónomos. O al menos, así pensábamos los que hemos participado en este interesante debate en Twitter.
A partir de tanta charla, me he planteado que en muchas ocasiones hablamos sobre tarifas y sobre lo bien o mal pagado que está nuestro trabajo. Sin embargo, no solemos hablar de cuánto gana en realidad un traductor más allá de una tarifa individual. Creo que puede ser una información interesante para todos. No sólo para los que ya trabajamos en esto (porque así podemos saber si que lo que ganamos es una cantidad aceptable), sino también para los que estudian en la actualidad y quieren acceder a este mercado.
En lo que respecta a los traductores en plantilla, no es demasiado difícil hacer una estimación. Al menos según mi experiencia, en gran parte de los puestos in-house se aplica el convenio de oficinas y despachos (en otros casos, el contrato se basa en un acuerdo entre trabajador y empresario, aunque el convenio nos sirve como información de referencia). Este convenio se negocia en el ámbito provincial o autonómico, por lo que según la ciudad en la que trabajemos, vamos a tener una remuneración u otra. Para poder tener cierto margen de comparación, he elegido los convenios de dos ciudades grandes (Madrid y Barcelona) y los de dos ciudades pequeñas (Huelva y Gijón). La remuneración para cada ubicación es la siguiente:
El cálculo en la tabla es el siguiente. Al sueldo bruto que se indica en convenio se le resta el IRPF (el valor lo he obtenido utilizando el simulador de renta de la AEAT), la seguridad social a cargo del trabajador (4,70% del sueldo bruto), la cotización por desempleo (1,60%) y la de formación (0,10%). Los porcentajes aplicables los he obtenido de una nómina estándar. Los sueldos de muestra que obtenemos son de entre 1.100 y 1300 € aproximadamente (12 pagas con las pagas extras ya incluidas).
En lo que respecta a los traductores autónomos, la cosa se complica. Para empezar, cada profesional aplica las tarifas que desea, las cuales pueden variar según el proyecto, la combinación lingüística, la dificultad temática, etc. A pesar de la dificultad, vamos a intentar realizar una estimación para la combinación EN>ES, asumiendo que se traducen 3.000 palabras por día, trabajando 8 horas al día, 20 días laborales al mes y disfrutando de treinta días de vacaciones:
En esta estimación, obtenemos un “salario” mensual de unos 1.800 €. Podéis obtener un cálculo personalizado introduciendo vuestras cifras de negocio en los campos marcados en verde para saber cuál es vuestro “sueldo”. También podéis utilizar la tabla para realizar una estimación de cuanto podéis ganar jugando con las diferentes variables implicadas. Todos los campos se obtienen de forma automatizada excepto el del IRPF. Para conocer con exactitud lo que tendréis que pagar para unos ingresos concretos, tendréis que utilizar el simulador de renta de la AEAT.
En resumen, y aunque la información que manejamos en este post solo sirve para hacer una estimación aproximada, podemos concluir que, aunque de la traducción no nos vamos a hacer ricos, sí que vamos a poder vivir bien y sin aprietos en general
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